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lunes, 31 de octubre de 2011

Sabiendo quiénes son y cómo son, y los elegimos

Nos enfrentamos a una crisis social global producto del desempleo masivo, el elevado y nunca comprensible incremento del precio de los combustibles y de los alimentos, y el deterioro de los sistemas de salud y de la educación, y prácticamente lo único que escuchamos de los candidatos que aspiran a ocupar alcaldías, gobernaciones, asambleas, concejos y juntas de acción comunal en este país, es su afán desmedido y protagónico por sentarse en el trono y hacerse dueños de su pequeño feudo.


En principio diría que más de uno –por no decir que todos– deberían haberlo pensado mucho, antes de salir a la luz pública a proclamarse como los salvadores de las crisis que millares de ciudadanos y ciudadanas sufren a diario y sin descanso. Y tanto no lo pensaron que en Colombia, según el Ministro Vargas Lleras, de los 100 mil candidatos, por lo menos 14 mil aspirantes registran antecedentes judiciales o impedimentos. Y todavía más, el diario La Patria registró el pasado domingo 16, que 41 candidatos al Concejo de Manizales “están enredados con el Estado.” Le deben dineros porque han violado la Ley. Y así, continúan con sus aspiraciones a tener el poder en sus manos; les tiene sin cuidado haberlo hecho, saben que votarán por ellos. Todos sabemos quiénes son y cómo son y, sin embargo, los elegimos. ¿Quién los entiende? Pero también, ¿alguien entiende a quienes los eligen? El asunto no es de poca monta. Es trascendental. Estamos a punto de nombrar a los gobernantes que decidirán nuestro destino durante por lo menos tres años. Claro que esto es lo que venimos haciendo desde hace siglos.

No se escuchan propuestas –bueno, puede que las haya, pero son imperceptibles– que muestren un pensamiento global; es como si se creyera que estas provincias (Manizales, Caldas, el Eje Cafetero), estuvieran aisladas del mundo, y que los problemas del desempleo, de la pobreza, el hambre, la trata de personas…, los pudieran solucionar ellos y ellas solitos, porque nada tienen que ver con la crisis planetaria. Si al menos leyeran el informe que el Departamento de Asuntos económicos y sociales de la ONU, acaba de publicar en Ginebra y que referencia la Situación Social 2011, quizás sus programas de gobierno fueran más creíbles. En el mismo se señala que “en el tratamiento de la crisis, el énfasis ha estado en la recuperación de los sistemas financieros, y esto casi siempre se ha hecho a expensas del financiamiento para alimentos, los sistemas de salud, la educación y otras cuestiones que afectan el bienestar humano, algo que ha sido muy desafortunado.”

El asunto es que debemos pensar que esta crisis tan “nuestra”, este desempleo, esta hambre, este maltrato a niños, niñas, jóvenes y mujeres, esta precaria educación, estos bajísimos salarios…, estos problemas tan “nuestros”, son el resultado de la crisis social global: en España, por ejemplo, un país sobre endeudado, se amenaza el empleo del sector público y el gasto social; de igual manera, hay que recordar que allí nació, en mayo del presente año, el movimiento de los Indignados conocido como el 15-M; conformado principalmente por jóvenes desempleados cansados de ver cómo se les va la vida y su situación laboral y económica no cambia, a pesar de las promesas de los candidatos a gobernarlos; los países en vías de desarrollo, sobre todo aquellos que se “benefician” de los programas del FMI, sufren la presión de reducir el gasto público y adoptar medidas de austeridad. Países de África y del Medio Oriente han pasado por revueltas y manifestaciones radicales con la idea de promover transformaciones políticas, económicas y sociales. Estos movimientos inspiraron a los israelitas, quienes desde el mes de julio protestan contra el alza desenfrenada de los precios de las viviendas, sin dejar de mencionar que también demandan aumento de los salarios y gratuidad en la escuela para todas las edades. En Chile, estudiantes de secundaria y universidades exigen aumento del gasto social en educación pública y la democratización del sistema de educación superior…

El domingo pasado se adelantaron protestas en por lo menos 900 ciudades de 82 países, hecho que visibiliza la indignación que corre por las calles del mundo (incluyendo las nuestras); y aunque las manifestaciones reflejan circunstancias específicas y particulares, es obvio que todas tienen un común denominador: el rechazo, la desaprobación, el desprecio, el repudio por las condiciones de un sistema que atrapa, que domina, que asfixia a poblaciones enteras en provecho de pequeños grupos capitalistas. Un denominador materializado en el hartazgo de millares de ciudadanos y ciudadanas excluidos, marginados de la economía y despojados de futuro y de esperanzas; ciudadanos y ciudadanas inconformes de sistemas políticos, gobernantes y aspirantes al trono que auspician, defienden y apadrinan la concentración de riqueza en unas pocas familias, que finalmente logran su cometido de desvirtuar los proyectos de transformación social y política que tanto se escucha en las campañas electoreras. Esta indignación es por ahora, sólo eso, indignación y repudio, más que justificado y comprensible.

Y es justamente la comprensión de estos problemas planetarios cristalizados en propuestas concretas para buscar resoluciones a los mismos, los que no veo en los “programas” de nuestros candidatos y candidatas a las alcaldías y gobernaciones. Avizoro que ellos y ellas creen que sus pequeños feudos, conquistados por promesas que no han de cumplir, están exentos del poder destructivo de un modelo neoliberal que tiene consecuencias devastadoras para todos, incluyéndolos. Cuando les escucho quedo con la impresión de que no caen en la cuenta que estos millares de indignados lo que han hecho es poner en lo público la inviabilidad de los regímenes económicos y políticos vigentes, y que es menester presentar propuestas alternativas a estos, en donde prime el bienestar colectivo sobre el particular.

Con todo, en medio del hartazgo, de la propia indignación que yo también siento, cada vez me convenzo más de que quizás lo mejor sea que nosotros, los ciudadanos de ‘a pie’ buscáramos candidatos entre la propia ciudadanía, es decir, que no pertenezcan a ningún partido o movimiento político, y que de alguna manera estén libres de “pecado.” Estoy seguro de que por ahí hay ciudadanos y ciudadanas altamente competentes que nos podrían gobernar sin ningún tipo de artilugios para conquistar el tan anhelado paraíso terrenal: incluyente, solidario, justo, equitativo y, por sobre todo, respetuoso de la dignidad de las personas y de su libertad con opciones reales.









Luis Ospina Carvajal
Director


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