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viernes, 5 de agosto de 2011

La Universidad: territorio del pensamiento o mercantilización del conocimiento


Tal y como están las cosas, y acudiendo al principio de la falibilidad, digo que o nosotros los académicos y universitarios no hemos entendido la infinita dimensión de lo que significa la Universidad, o son el Gobierno y los dirigentes políticos quienes no la han comprendido; o, en el mejor de los casos, ninguno. En aras de seguir mi vocación de profesor, es decir, de ser un provocador de conciencias, optaría por la última opción.


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

No deja de preocuparme -y por supuesto que es una autocrítica- la incapacidad que mostramos los académicos y líderes universitarios para lograr una representación medianamente decente de los intereses de la educación superior en Colombia. Reconozco que hay figuras nacionales respetadas en quienes de alguna manera pusimos nuestras esperanzas para que con la fuerza de sus argumentos -los de ellos y los nuestros- le pusiéramos cortapisas al proyecto de reforma de la Ley 30 de 1992 que finalmente radicó el Gobierno en el Congreso de la República, con la casi absoluta seguridad, de su parte, de que allí se aprobaría tal cual. No fuimos -al menos, hasta ahora, no lo hemos sido- capaces de hacer valer el peso histórico que per se tiene la institución universitaria. ¿Qué nos faltó: más discusión, mayor compromiso no solo de los directivos, sino de profesores, estudiantes y administrativos, con lo que pregonamos con esta nación y con sus ciudadanos? Quizás, no lo sé; pero una cosa me queda más o menos clara: es que por los niveles de discusión en los que estuve presente en distintos momentos, no parece que tuviéramos una concepción clara de Universidad, que es casi lo mismo que decir que no tenemos claro cuál es el proyecto de nación que queremos construir.

Y tampoco escampa por los lados de la contraparte, el Gobierno y los dirigentes políticos; ellos ejercieron su oficio encarnado en la vieja herramienta de su astucia. Pusieron en la mesa, en clave de "conciliación", una propuesta para que la academia discutiera sobre la universidad que no necesita este país ni esta nación; con otras palabras, los universitarios nos dejamos enfrascar en una propuesta de reforma que a todas luces está alejada de los problemas por los que atraviesan 46 millones de colombianos; y respondimos a la necesidad del Gobierno de considerar con sumo juicio los intereses de los tratados de libre comercio y de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, Ocde. A lo sumo, lo que mejor dijimos los líderes universitarios es que este afán de lucro que responde a un cierto modelo económico, arrastra a la Universidad a la sima de la decadencia de la civilización.

Insisto -ya lo he dicho en anteriores oportunidades- en que debemos pensar cuál es la clase de universidad que queremos construir para una nación como la nuestra, para una Latinoamérica como la nuestra. La reforma del Gobierno respecto de la educación superior, está lejos de materializar un proyecto de nación incluyente, justo y equitativo. Nuestro compromiso como líderes universitarios, como profesores, administrativos, estudiantes supone una responsabilidad pública con las actuaciones y los sueños de millares de ciudadanos y ciudadanas. La racionalidad que recorre los pasillos universitarios debe estar en consonancia con un horizonte ético y político que refleje de manera clara la sociedad a la que pertenecemos; los problemas y vicisitudes de los colombianos deben ser una preocupación constante, un motor móvil que estimula y fomenta las transformaciones y preservaciones del patrimonio científico y cultural nuestro.

Precisamente por ello, estoy convencido de que al Estado le asiste cumplir con su deber de sostener a las universidades públicas (que no estatales), y buscar alternativas para conseguir y sostener nuevos cupos para más estudiantes. No veo razones suficientes para la desconfianza abierta que muestra el Gobierno al diseñar nuevos mecanismos y estrategias para vigilar, regular y sancionar lo que a su juicio -el del Gobierno- no corresponda con prácticas de "buen" gobierno, afectando de esta manera el más preciado baluarte milenario: la autonomía que, de hecho, nos la merecemos. Y me queda un amargo sinsabor el solo pensar que en la mencionada propuesta de reforma, la única vía para mejorar la oferta de cupos universitarios sea alimentar la francachela de las aves de rapiña de entidades con ánimo de lucro.

Por supuesto que no comparto la visión que muestra el Gobierno de lo que significa la Universidad que, al parecer, no es otro que la mercantilización del conocimiento. Somos muchos los que creemos, por el contrario, que la Universidad es el territorio del pensamiento, de creación, de propuestas de mundos posibles más humanos, en donde la palabra se vuelve infinita y, en consecuencia, es la que nos permite nombrar, preguntar, discutir, conceder, amar, ser solidarios, incluyentes, justos y soñadores. Y esto, por supuesto, no es un ideal romántico, es lo que necesita este país, lo que necesitamos todos, incluso el Gobierno.

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