Pages - Menu

viernes, 22 de julio de 2011

La angustia existencial de cumplir años


Casi que es una norma inveterada de quienes cumplimos años, tener momentos de angustia existencial. Y la mía, por estas calendas -a propósito de que el próximo domingo 24, la Universidad de Manizales llega a sus 39 años de existencia en la región- tiene que ver con qué tanto nuestra existencia como individuos es la negación de los otros. Esta pregunta -que por cierto, para hacerla, me pongo mi sotana de inquisidor- se las lanzo a quienes de una o de otra manera tienen que ver con esta Institución, máxime porque desde aquí pregonamos un valor importante para nosotros que es la inclusión. ¿Cómo contribuimos de manera intencional o no, a invisibilizar a los otros y a las otras?


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Como universidad, somos, por obvias razones, un microcosmos multicultural (con todo lo que esto significa), y precisamente por esto resulta agresivo y no menos violento dar señales inequívocas, de que somos incluyentes y muy participativos; sin sospechar que a la larga no lo somos tanto.

En estos microcosmos, que tanto nos interesan -para decirlo en lenguaje más llano-, me pregunto por qué los otros y las otras nos resultan insoportables, por qué terminamos odiando a los que no están de acuerdo con nosotros, a quienes nos contradicen...; a todos ellos y ellas, terminamos (sea a propósito o no) ignorándolos, lo cual, de entrada, contradice el ideal de Universidad Moderna que es lo que en el fondo buscamos continuar construyendo en la Universidad de Manizales.

La angustia que me produce esta efemérides -que, insisto, desde mi prejuicio debe ser en clave de autocrítica, nos debería llevar a pensarnos en esas actuaciones mínimas que materializamos en nuestra cotidianidad. Que cada uno haga su propia lista de qué es lo que no acepta de los demás (ojalá seamos concretos, porque quizás, si lo hacemos con honestidad, podría ser un tanto extensa). Detestamos a los creyentes de otras ideologías, porque no son las nuestras, y ellos sí son fanáticos; a quienes defienden a su equipo, porque no lo hacen como deberían; a quienes madrugan a los gimnasios a las 5:00 de la mañana, porque pasan por nuestra calle corriendo y nos despiertan; a los que defienden sus países porque creen que nosotros vivimos en el subdesarrollo; a aquellos que escuchan música metal o punk, porque todos, sin excepción, son drogadictos; a quienes venden chucherías en las calles porque las desorganizan; a quienes no van a teatro o a conciertos de música clásica, porque el arte es el arte; terminamos odiando a los peludos, a los calvos, a los panzones, a las personas bajas de estatura, a los afros, a los indígenas, a los desarreglados; a las mujeres, cuyos rostros están arrugados por sus descuidos y porque ya están viejas; a los homosexuales, lesbianas, transgeneristas y demás de esta especie, por sus aberraciones y desviaciones; a los amigos que tienen secretaria para que les ayuden en lo que nosotros sí podemos hacer solos; a los novios/novias de nuestros hijos/hijas, porque no son para ellos... En fin, si cogiéramos una escoba y barriéramos lo que no nos gusta, lo que no encaja con nuestra vida, con lo que somos, lo más probable es que nos quedaríamos con la escoba, porque a ésta ¿con qué la barremos?

Amamos profundamente lo propio y odiamos lo extraño, lo ajeno; el pensamiento de los otros y las otras no solo es una equivocación, es un acto de mala fe. Lo dice mejor E. Zuleta en su texto El elogio de la dificultad: "En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los fenómenos se explican por las circunstancias adversas. Él es así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar este resultado". Y dice, además, que a nosotros se nos juzgue por los propósitos, y a los demás, por los resultados.

En medio de esta angustia existencial que me cubre, lo que avizoro es la falta de respeto que tenemos por los demás -y por nosotros mismos, que no es lo mismo, pero es igual-. Les pediría que cada uno hiciera su lista de odios; pero que también nos paremos frente a un espejo y le dijéramos a ese otro que es uno, pero que no soy yo, qué le odiamos, y empezáramos por invisibilizar eso que es tan detestable para los otros y las otras, y que nosotros no vemos o no queremos ver. Con seguridad seguiríamos viviendo en esta sociedad de solitarios.

Todos somos seres humanos; todos tenemos derechos y deberes; pero también personalidades distintas, modos de ser y de habitar bien diferentes; poseemos cosas que no les gustan a otros, pero que son parte nuestra y que quizás no podamos o no queramos cambiar. No hay que olvidar que somos los otros y las otras. Así somos. Diferentes, y esto no es un valor agregado de la democracia. Es la democracia misma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario