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viernes, 24 de junio de 2011

¿Qué país vemos desde la academia?


Me preguntaba en una columna reciente, ¿qué se ve desde la Universidad? ¿cuál es el país que se ve desde la academia? Obviamente, respuestas mil; pero comenzaré diciendo que Colombia es un microcosmos de la humanidad. Quizás en América Latina, es el país que cuenta con mayor variedad de etnias y nacionalidades, sin dejar de mencionar las migraciones dentro y fuera del territorio nacional. Es un país de puertas abiertas -como Manizales-, que ha servido de asilo para un sinnúmero de pueblos, pero no ha alentado un gran relato nacional en el que quepamos todos; y las culturas han ocupado lugares marginales en medio de ideologías dominantes.


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

A sabiendas de que puedo cometer el pecado de reportar cifras desactualizadas, me apoyo en el reloj demográfico del DANE, que asegura que Colombia cuenta más o menos con 46 millones de ciudadanos (para el 2025 seremos -o serán- casi 60 millones, y para el 2050, 70). Y de los 46, poco más del 75% vive en las cabeceras municipales y cerca de un 25% habita en el sector rural; de igual modo, hay que decir que un 53% corresponde a las mujeres, en tanto el 47%, a los hombres. Algunos aseguran que la población indígena apenas supera la cifra de un millón 200 mil (creo que ya hay menos de las 80 etnias que había hace cinco o seis años); y la población afrocolombiana no supera los cuatro millones 300 ciudadanos; y hay otras fuentes que dicen que los afro descendientes, entre mulatos y zambos, son más o menos 13 millones de habitantes. Así, es fácil entender que Colombia es el tercer país en el Continente que tiene más ciudadanos negros, después de los EE.UU. y Brasil; y eso que no he mencionado los casi cinco mil Rom (gitanos).

También cabe traer a colación que además del castellano, idioma oficial, en Colombia se hablan alrededor de 60 lenguas aborígenes; y que no obstante este país ser católico, existen minorías protestantes, judías y musulmanas, entre otras, más los no creyentes, claro.

En medio de esta dinámica colorida de las diversidades culturales, apenas toco las honduras de lo que significan los procesos de migración, toda vez que éstos presentan una alta influencia en la forma de vida de los distintos pueblos. La búsqueda de mejores oportunidades económicas, sumada a los desarraigos de millares de ciudadanos por las violencias, hacen que veamos, entre otras cosas, cómo cambia el mapa político colombiano; los territorios fácilmente han tenido que variar sus fronteras; es más comprensible hablar hoy en día de regiones que de departamentos. Referir cifras en estos particulares sí que es arriesgado.

Esto es lo que vemos desde la academia; pero lo que no hemos podido concebir es una nación unificada que respete la gran variedad de culturas y comunidades y que, en consecuencia, sea más incluyente, hospitalaria y equitativa, con la idea de lograr un alto sentido de lo que significa ser un residente colombiano. Esta identidad, comprometida con los principios de una genuina democracia, es el anhelo que, como académico, tengo de este país. Precisamente por esto, participo de manera activa en la discusión de la nueva visión que debemos tener de la connotación de la Educación Superior. Que tenemos que reformarla, claro que sí, pero pensando de manera sustantiva en el país que vemos y que soñamos (con los pies en la tierra, por supuesto). Y para esto, se requiere fundamentalmente de autonomía, de esa misma que fue acuñada por las universidades de la Edad Media, y que permitió el desarrollo de la ciencia, la educación y la preservación de la cultura; de ese mismo principio autonómico que decía que la búsqueda de la verdad y del saber, había que hacerlo protegiendo a las universidades de las interferencias políticas. Hoy más que nunca, las universidades colombianas, han demostrado hasta la saciedad que son merecedoras de esta condición sine qua non, máxime porque se ha convertido en el símbolo de la independencia del pensamiento.

Desde aquí, oteo el país que quiero para mis estudiantes y mis hijos. Y no cejo en mis esfuerzos ni como rector, ni mucho menos como profesor, en la defensa de la educación superior que es en donde se ancla el espíritu de unidad de un pueblo, de muchos pueblos, de todos los pueblos.

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