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viernes, 1 de abril de 2011

Construir universidad con la palabra, la mejor estrategia


La sensación que me queda después de ver, leer y oír la maraña de información que emana de los medios de comunicación y que, por supuesto, prolifera en las calles, es que alguien en alguna parte ha decretado darle luz verde a una política del desencuentro; aunque también reconozco que, por fortuna, hay muchos que se resisten a este despropósito y continúan encontrándose así sea para lamentar tan fatídico decreto.


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Frente a esto quisiera proponerles, amables lectores, que volvamos a reconstruir la palabra, entendida quizás como la herramienta más importante del desarrollo humano. Ya lo he dicho en otros escenarios -y lo repito en éste, y sé que no estoy solo-, sueño con un gran relato en el que quepamos todos; me imagino una infinita agenda común de discusión y de ideas. Claro, no busco darle cabida a acuerdos políticos o programáticos. Más bien, desde la academia me interesa encontrar puntos comunes de discusión; algo así como ir levantando un gran terreno en donde poder construir imágenes teóricas y prácticas que de hecho sean vividas y vistas desde lugares distintos.

Desde mi ejercicio como profesor, creo firmemente en que la palabra deja huellas y que éstas marcan rutas, caminos, sendas que terminan implicando definiciones y compromisos. Aquellos que utilizan la palabra para construir esas imágenes de las que hablo, se comprometen con la vida; por eso, acto seguido, se preguntan siempre para qué y por qué, preguntas que deben acompañar a la palabra para que ésta sea escuchada por quien debe escucharla.

Decir la palabra desde la academia conlleva señalar un escenario adecuado para la reflexión y la producción de pensamiento, que tanta falta nos hace en este descuadernado país; pensamiento que se ve acogotado por doquier y que sufre las embestidas de quienes pretenden abrirle paso al capital que no tiene reparo alguno en darles las llaves de la puerta del lujo y la excesiva comodidad a unos pocos a costa de unos muchos.

Desde mi prejuicio, creo que es relevante escuchar con mucha atención la palabra que proviene de muchas voces, con la idea no tanto para auto referenciarnos, sino más bien para hablar sobre la realidad en la que nos movemos. Este hecho, por supuesto, comporta una muy fuerte carga moral y ética. En este sentido, entiendo la palabra como una acción no solo de acuerdos teóricos, sino de compromisos de vida.

Pienso que el deber de quienes estamos en la academia es el de iniciar, seguir, acompañar, encontrar y abrir espacios para algo y para alguien (incluyéndonos) con la palabra en la mano. Quienes hagan parte de esto deben recibir nuestro apoyo y consideración. De ahí que salude con beneplácito la decisión que tomaron en la Universidad de Caldas, estudiantes, profesores, administrativos y directivos. Todo parece indicar que optaron por buscar caminos, sendas, vías para resistir la política del desencuentro. Auguro en este escenario propio de la Universidad de Caldas, que no es otro que el del debate a través de la palabra, el cumplimiento responsable de un mandato que les dio la ciudad, la región y el país a unos ciudadanos empeñados en la educación para ellos y los que les preceden.

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