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viernes, 18 de marzo de 2011

La justicia, una asignatura pendiente


Empecé mi columna de hace 15 días afirmando categóricamente que soñaba con una región y un país en donde quepan muchas regiones y muchos países. Y hoy la repito porque sigo pensando, viendo y sintiendo que este país -y en general, América Latina- padece de marginaciones, inequidades y dolores que le desgarran el alma y el cuerpo. Hay, en un alto grado, un sufrimiento (a veces inimaginable) cobijado por el reino de la injusticia, a tal punto que, creo, un sujeto medianamente razonable no se atrevería a poner en duda.



Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Las oportunidades de acceso a la educación, a la salud, a tener una vida digna y una propiedad -un espacio, un lugar- en donde consolidar la raigambre, no solo se desvanecen en el aire, sino que corresponden a la ambición, al poder desmesurado, la perfidia y el desamor por los otros y las otras.

En el fondo, repito, lo que está ahí latente y al acecho es una enorme injusticia que les permite a unos pocos -cada vez menos- ser libres, y a unos muchos -cada vez, más- sufrir estados de dependencia que los vuelve miserables y desgraciados, vulnerables y débiles.

¿En dónde más, pregunto, sino en el centro de la vida, habría que situar la libertad y la felicidad de los ciudadanos? De ahí que no sea difícil entender las movilizaciones sociales que a diario vemos por los medios de comunicación; son los ciudadanos oprimidos, sometidos, despojados hasta de lo más elemental, aquellos que sufren las decisiones arbitrarias de quienes tienen el poder, los que más reclaman justicia y responsabilidad. De esto depende la libertad que les ha sido negada. Tiende uno a pensar, en consecuencia, que el gobernar tiene que ver con despojar y sojuzgar a muchos en beneficio de unos pocos.

Por esto digo que tenemos una asignatura pendiente todavía: la de la justicia, máxime porque continúa siendo la mayor aspiración de muchos ciudadanos. Entiendo, por supuesto, que ante las injusticias, aún queden algunos que se indignen o que sientan -aunque no lo demuestren- un dejo de rebeldía; pero también veo que crece el número de los que han perdido todo rastro de sensibilidad moral y optan por mirar al lado contrario; e incluso, están aquellos que piensan que las cosas están como tienen de ser, y que lo mejor es que sigan así.

No obstante, la asignatura de la que hablo, nos tiene que permitir a quienes valoramos la vida en todas sus dimensiones, no abandonar la sensibilidad moral y, en consecuencia, proponer acuerdos sobre lo justo, esto es, sobre la justicia social. Esta asignatura de la justicia nos debe alejar de los intuicionismos morales y de los relativismos éticos.

Es urgente pensar, analizar y sistematizar, de manera racional, los prejuicios morales que tenemos sobre la inequidad, la marginación, la pobreza, el hambre, la desnutrición, el sufrimiento, en suma, el dolor que padecen millares de ciudadanos en este país y en América Latina. Creo que debemos construir teoría sobre la justicia social. Y para eso, lo que necesitamos es el estímulo a la consolidación de pensamiento.


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¿En dónde más, pregunto, sino en el centro de la vida, habría que situar la libertad y la felicidad de los ciudadanos? De ahí que no sea difícil entender las movilizaciones sociales que a diario vemos por los medios de comunicación; son los ciudadanos oprimidos, sometidos, despojados hasta de lo más elemental, aquellos que sufren las decisiones arbitrarias de quienes tienen el poder, los que más reclaman justicia y responsabilidad.

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