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viernes, 4 de febrero de 2011

Tras las huellas de una Bioética Global


Desde finales del siglo pasado los medios académicos del mundo entero vienen hablando de un nuevo término, la Bioética; para algunos una nueva disciplina del saber, para otros, un pastiche de antiquísimas y desvaloradas ideas, abandonadas o anquilosadas en otras disciplinas poco taquilleras décadas atrás, regurgitadas a la luz pública y cubiertas bajo un nuevo ropaje de erudición con cierto aroma de elocuente glamour.


Teniendo en cuenta que ríos de tinta han inundado las diferentes publicaciones, que alrededor del mundo se han interesado por el tema; no resulta extraño que para comienzos del siglo XXI convivan en el escenario académico mundial diferentes corrientes del pensamiento bioético, no pocas incapaces de reconciliarse entre sí;  cada una con su concepción propia del término, algunas con ingeniosas formas de construir un arsenal teórico en torno al concepto acuñado por Potter , pero todas con una misma obsesión: marcar el derrotero ético de la humanidad para nuestro naciente milenio.

Para los seguidores de Potter, por ejemplo, la Bioética debería ser un puente entre las ciencias de la vida, sus adelantos tecnológicos, su arsenal terapéutico y sus múltiples posibilidades, con la antiguas formas de saber relacionadas de modo directo con la comprensión del fenómeno de  lo humano; en este orden de ideas, la Bioética estaría llamada a convertirse en una especie de crisol que fundiera y rescatara los aportes y reflexiones milenarias que la vasta tradición cultural diferente a aquella forma del pensamiento humano racionalista, empirista y academicista había logrado, con los avances más recientes de la tecnología.

Para tal fin, la nueva disciplina tendría que sumergirse en el amplísimo mundo de la tradición filosófica; otear en el horizonte de las distintas expresiones artísticas, como por ejemplo, la literatura, y recabar información de las otras formas de saberes humanos, cultivados por sociedades no hegemónicas, poco conocidas y algunas al borde de la extinción, con el único propósito de arrojar un poco de luz sobre la  forma como el ser humano ha entendido, afrontado y concebido el fenómeno de la vida dentro de las diferentes sociedades; una forma de saber pragmático y no fragmentario que permitiera hacer un buen uso de nuestros adelantos técnicos, poniéndolos al servicio de la vida sobre el planeta en todas sus manifestaciones, entendiendo que lo humano es sólo una pequeña fracción de la biósfera, una manifestación sui géneris dentro de la miríada de formas de vida que han logrado desarrollarse dentro del planeta Tierra.

Si la especie humana ha logrado evolucionar y desarrollarse hasta el producto que hoy en día conocemos, lo ha hecho gracias a la interrelación con otras formas de vida; y en la medida en que se ponga en riesgo la supervivencia de esas otras especies, se está jugando con el futuro del género humano en el planeta. De tal suerte que la Bioética no sería otra cosa que la ciencia de la supervivencia humana.


… la Bioética estaría llamada a convertirse en una especie de crisol que fundiera y rescatara los aportes y reflexiones milenarias que la vasta tradición cultural diferente a aquella forma del pensamiento humano racionalista, empirista y academicista había logrado, con los avances más recientes de la tecnología.


Construyendo el camino
Las ideas de Potter pronto fueron acogidas en el seno de una disciplina que estaba enfrentándose a una serie de dilemas éticos en su práctica diaria. En primera instancia, el advenimiento de la máquinas para diálisis en la década de los años sesenta planteó un serio interrogante a los prestadores de servicios de salud de la época, a saber: cómo distribuir un recurso salvador de vida frente a una demanda de servicio que superaba en miles de veces la capacidad de oferta del mismo, en palabras más simples, qué criterio aplicar para seleccionar entre los miles de pacientes subsidiarios de diálisis, a aquellos pocos que se beneficiarían de la terapia.

De otro lado, el altísimo grado de especialización de las Unidades de Cuidado Intensivo (UCI) con el arsenal terapéutico poderosísimo que ponía en jaque aquellas concepciones milenarias que la humanidad había construido en torno al proceso natural de la muerte, restándole importancia a los movimientos respiratorios y al latido cardíaco como piedras angulares definitorias de la vida, contribuyeron a que algunos filósofos y médicos empezaran a trabajar de manera conjunta para construir una disciplina que sirviera de instrumento eficaz para resolver estos y otros tantos problemas que el uso extensivo de la nuevas técnicas médicas estaban planteando. Desde el comienzo existió consenso en torno a una intuición básica: la tecnología no tiene el arsenal teórico necesario para dar respuesta a inquietudes de orden ético.

Durante al menos dos décadas, la Bioética creció como subsidiaria de la deontología médica, enriquecida gracias a las reflexiones académicas, producto de los nuevos desafíos desvelados por la biotecnología con todas sus múltiples y maravillosas posibilidades, incluyendo la terapia con células madres, la clonación terapéutica, la manipulación de genomas, la terapia génica, y las técnicas de reproducción asistida, entre otras.

Ampliando el  horizonte
Si la ciencia, y en especial la tecnología, están en capacidad de brindarnos mejores y nuevas condiciones de vida, pocos pondrían en tela de juicio la importancia de los adelantos tecnológicos en nuestra sociedad. No obstante, existe un lado oscuro derivado del desarrollo tecnológico y, de manera más específica, de nuestra forma de entender y relacionarnos con la naturaleza.

Nadie puede desconocer el hecho de que el consumo acelerado de combustibles fósiles y, en general, el modelo de explotación de nuestros recursos naturales, han llevado a nuestra especie a afrontar una serie de amenazas no vistas antes en la historia reciente de la humanidad. El aumento acelerado de la temperatura promedio del planeta, la destrucción sistemática de bosques y selvas, la contaminación progresiva de fuentes de agua, el aumento desproporcionado de la población humana, la pérdida de nichos ecológicos marinos y terrestres, entre otros, están amenazando de manera seria y real la supervivencia de miles de especies en el planeta. Incluso, formas de vida humana están siendo aniquiladas a un ritmo sorprendente.

El  modelo económico hegemónico en el planeta arrasa con milenarias tradiciones culturales secundario a la incapacidad de aquéllas para producir renta, nuestro sistema capitalista conduce a grandes sectores de la población mundial lejos de aquellos logros técnicos del siglo XXI de los cuales estamos tan orgullosos. Pensemos un momento en los miles de niños que mueren de hambre y de enfermedades prevenibles en todo el mundo, o los 1.8 billones de personas sobre el planeta que se encuentran en nivel de pobreza. Nuestra cosmovisión social es excluyente e injusta, fundamentada en el afán de lucro, y el crecimiento del capital por encima de cualquier otra consideración.

Fijando las metas
Nuestra sociedad occidental tendrá, más temprano que tarde, que centrar su atención en otras formas de concebir la relación entre los humanos y de estos con la naturaleza, puesto que el modelo actual resulta insostenible en el mediano plazo; y para ello resulta indispensable primero, cambiar nuestras concepciones estéticas.

Si las concepciones éticas del ser humano se relacionan de modo directo con el fenómeno estético, como argumenta Putnam , entonces, sólo cuando la humanidad reconozca la importancia de la naturaleza como ideal de belleza podremos  construir un nuevo orden ético donde se le otorgue real importancia al fenómeno de la vida en el planeta, en tanto milagro que sustenta y permite nuestra propia existencia.

Por ello, nos urge concebir otro tipo de fiestas, unas que celebren la vida y sus procesos, en contraposición a las que tenemos ahora, que sólo exaltan la muerte, deberíamos estimular todos aquellos jolgorios que empiezan por el respeto al otro, no como a las que estamos acostumbrados que hacen mofa del hombre y lo vilipendian.

A todas luces resulta insostenible el actual ideal de vida hegemónico en occidente, puesto que no todos pueden ni deberían ser millonarios; nuestros ideales de belleza contemporáneos, por ejemplo, tienen serios reparos éticos, puesto que implican una depredación sistemática del ambiente. Nuestra sociedad pide a gritos un sistema político que honre lo humano, que se sustente en el servicio al otro y que no reproduzca las práctica clientelistas y corruptas que parecen ser la norma en nuestras sociedades.

Queremos soñar con que la sociedad pueda engendrar a verdaderos líderes, hombres correctos, con otros ideales de belleza  y perseguidores de sabiduría que nos guíen en el arduo camino de la existencia, y le arrebaten las riendas del poder a los dirigentes obtusos y zafios cuyas mentes sólo se atiborran de cierto afán de figuración, sueños con el insaciable anhelo por pingües remuneraciones y rebosan de vulgares ideales lascivos.

Si la especie humana ha logrado evolucionar y desarrollarse hasta el producto que hoy en día conocemos, lo ha hecho gracias a la interrelación con otras formas de vida; y en la medida en que se ponga en riesgo la supervivencia de esas otras especies, se está jugando con el futuro del género humano en el planeta. De tal suerte que la Bioética no sería otra cosa que la ciencia de la supervivencia humana.


Deberíamos, como sociedad, rescatar aquellas tradiciones culturales que exaltan valores fundamentales para la cohesión y el buen funcionamiento social en contraposición de ciertas costumbres que privilegian los deseos egoístas de unos pocos, considerados como triunfadores, en detrimento de unos miles apodados perdedores, bajo el pretexto del desarrollo libre de la personalidad (consecuencia lógica de la noción del yo moderno). Inaugurar por fin un mundo en donde la variedad cultural se respeta y se valora; en donde el diferente, el minusválido, el que piensa y, sobre todo, aquel que siente distinto tenga cabida, aporte y sea escuchado.

Estamos en mora de reeducar los deseos del hombre contemporáneo, enseñarle al joven a desear otras cosas, a imaginar nuevos proyectos de vida. No es posible que con nuestra supervivencia en peligro, las instituciones educativas continúen con el modelo de educación actual que perpetúa el afán de dinero en los discípulos, que reproduce sin ningún tipo de escozor los ideales estéticos del capitalismo, que se adapta de modo ramplón a los requerimientos del mercado y no estimula la diferencia, que no incentiva la disensión, que no enseña a soñar con lo imposible, que es timorata a la hora de exaltar al Maestro como ejemplo digno de vida, que pierde sus ideales en el fragor mediocre del día a día y que, a duras penas, aspira a adaptarse al medio (mercado de la demanda educativa) para no dejar de existir.

Imaginar, soñar y crear, esas son algunas de las tareas de una Bioética Global, hacer realidad esos mundos imaginados, la labor inaplazable del Hombre del Siglo XXI; y para ello, las instituciones educativas deberían empezar por asumir el liderazgo que les corresponde.





1 comentario:

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