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lunes, 10 de enero de 2011

Quizás nos convenga pensar


Digamos que le damos crédito al mito de que en efecto existió un enorme barco llamado el Arca de Noé. "Y Dios dijo a Noé: Házte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura. Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta a su lado; y le harás piso abajo, segundo y tercero." (Génesis 6:14-16).


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Y digamos también que le damos crédito al supuesto de que el Gobierno colombiano es capaz de crear un barco tan grande como el de Noé. Igualmente, afirmemos que todos le apostamos a participar en su construcción; y que luego tendremos la oportunidad de escoger lo que nos gustaría salvar. Finalmente, démosle crédito a la utópica idea de que todos -absolutamente todos y todas- nos pondremos de acuerdo en que es necesario hacer un mundo nuevo, uno en el que quepan muchos mundos, justo ahora que comienza el 2011.

La pregunta es, entonces, ¿qué estaríamos dispuestos a meter al Arca para salvar? Por supuesto no quisiera que sonara a pregunta de reality, pero sí creo que bien vale la pena pensar en qué quisiéramos conservar en nuestra propia arca. Quisiera pensar que esta reflexión es importante. Por eso, me aventuro a decirles lo que me gustaría. En primer lugar, me gustaría conservar un texto de la Constitución Política de Colombia bajo el eslogan de "Todos somos Colombia"; esto, porque creo que esta herramienta nos permite seguir en la búsqueda de un gran relato que nos una, a tal punto que terminemos por creer que lo que le sucede a un colombiano nos sucede a todos.

En segundo lugar, quiero volver sobre una idea que expuse hace un año en este espacio que generosamente me dieron los directivos de LA PATRIA. Salvaría la idea de un renacimiento de todo: de la esperanza, de los sueños, de los abrazos a la familia y a los amigos, del respeto por los otros; un renacimiento de la solidaridad, de la hospitalidad, de la lealtad y de la confianza.

Quizás el arca con el que sueño -ese gran mito- sea más simbólica; pero al fin y al cabo no somos más que eso: símbolos. La esperanza es un símbolo de la vida, como lo son los demás valores que venimos pregonando en esta columna desde que la empezamos hace dos años; y sobre los cuales no cejaremos por ningún motivo. Son los mismos que finalmente terminan por convertirse en principios claros de vida, y cuyo espíritu general avanza en contra de la corriente que insiste en degradar la vida. Son principios que de alguna manera bien pueden entenderse de manera sencilla si comprendemos que es mejor representar y no suplantar; que es mejor construir y no destruir; que es mejor unir y no dividir; que conviene servir y no servirse; proponer y no imponer.

Finalmente, metería en el arca un verso del poema Instantes de Jorge Luis Borges, aquel aparte que dice:

"(…) Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos;

no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano. Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño. Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante".

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