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viernes, 12 de noviembre de 2010

La universidad es como un libro: un espacio de muchos, de todos


Samuel Taylor Coleridge, escribió alguna vez: "Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?".

Quizás este cuento del escritor inglés, me sirva para afirmar que el reciente Congreso de los pueblos realizado a mediados del pasado mes de octubre en Bogotá, que reunió a más de 20 mil voces, y el segundo encuentro etnocultural llevado a cabo en el día de ayer en la Universidad de Manizales, son prueba fehaciente de que las comunidades indígenas y los afro descendientes llevan más de 500 años atravesando el paraíso americano, caminando la palabra y resistiendo a partir del establecimiento de las tulpas de pensamiento y comisiones políticas que, en el fondo, buscan construir una propuesta de país y legislar su futuro. Y en su incansable caminar se han encontrado con la flor de la dignidad. Pero, aparece de nuevo el "¿entonces qué?"


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Creo que la pregunta se refiere no a qué sigue, sino qué significa la tal flor. ¿Cómo hacer que, en esta época de consumo irracional, de discurso huero, de inimaginable marginación, un encuentro para hablar de la dignidad no se vuelva un sueño anacrónico? Porque la lucha, las palabras, los silencios, los abrazos de estas comunidades son básicamente un sueño, una esperanza.

La historia de estas voces que vienen de lejos, resistiendo, es una historia que mira hacia adelante; y que inunda los valles y rueda por las laderas de las montañas; corresponde a un sueño que apremia el mañana. Estos pueblos se han reunido para no dejar que el reloj de la historia se paralice, sino por el contrario le quieren dar cuerda y asegurarse de que llegue el mañana esperado por todos: un mañana incluyente, plural, diverso, hospitalario…

Hasta donde los entiendo, estos pueblos, a las actitudes cínicas e indiferentes con el sufrimiento de los suyos, les anteponen la memoria, la palabra y los sueños. Por eso, hablan de la unidad de los pueblos, de convivencia y paz; por eso se han convertido en una fuerza histórica, más que por su misma tradición, por su infinita capacidad de hacer-se historia. Ésta es su paraíso y allí han recibido una y dos, y 500 veces la flor de la dignidad. Y cuando despiertan siguen con la flor de la dignidad en las manos.

Confío en que el Congreso y el Segundo encuentro etnocultural sean la continuación de la ya tradicional expresión colectiva de los pueblos que no dirigen el mundo, pero que padecen las decisiones de otros. Como abogo por un país incluyente, sueño con que de estos encuentros salga un gran manifiesto que le apueste a la dignidad de la vida y que esté en contra del poder que se fortalece en la guerra y el desarraigo de millares de seres desposeídos de lo más elemental que nos brinda la naturaleza: la vida terrenal.

En una universidad se debe celebrar día tras día un homenaje a las palabras… y a los silencios… y a los abrazos, los mismos que nacen de la unidad de lo humano y de la naturaleza, éstos, unidos con una fuerza que nos permitan pensarnos y re-conocernos. Las palabras, los silencios y los abrazos tienen brazos y pies, alas y patas, ramas y raíces, y con ellos caminamos la vida y soñamos las esperanzas. Eso hacemos en la universidad. Aquí abrazamos a los demás; aquí tejemos un vínculo que nos une a todos: contamos con vínculos de solidaridad, de inclusión, de amor, de respeto por la palabra de los otros y las otras. Aquí tejemos nuestras historias vividas por nosotros, y por los otros y las otras.

Y con nosotros crece la memoria, esa misma que está llena de personas; por eso, la universidad es como un gran libro: un espacio de muchos.

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