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sábado, 27 de noviembre de 2010

La posteridad literaria


Hace algunos días, en plena Fiesta del Libro y de la Cultura de Medellín, un escritor e investigador de la Universidad de Antioquia comentaba en su tertulia que, de lo que se ha producido en la narrativa colombiana reciente, había muchas obras que le llamaban la atención pero, continuaba, debía reconocer en Virginia Vallejo una voz poderosa que había sabido relatar lo que quería en su libro Amando a Pablo, odiando a Escobar. Sin ir más lejos, reclamaba un pequeño espacio entre nuestras académicas lecturas para una obra usualmente tenida por banal pero que, por qué no, podría llegar a ser uno de esos clásicos del futuro en las letras colombianas.


Lo que pueda o no ser una obra en el futuro es algo que se sale de nuestras disertaciones. Nadie, ni el más optimista de los ya deprimidos marxistas, puede ofrecer una lectura sensata de cómo seremos vistos en los próximos siglos, ni nosotros ni nuestras obras. Que un libro que sea tomado hoy como literatura menor mañana se transforme en el motivo de las investigaciones universitarias es algo que se encuentra en el mundo de las siempre inescrupulosas posibilidades de la existencia. De hecho, ocurre todos los días cuando desde las separatas culturales, en la lectura de periodos de la historia y la literatura, se reivindican autores que en su momento fueron tal vez cruelmente juzgados. En alguna ocasión le oí decir a Héctor Abad Faciolince que sus críticas a la obra de Paulo Coelho no lo hacían a él más proclive al recuerdo y al escritor brasilero menos propenso a la posteridad. La condena de hoy no es la misma de mañana. Lo que llamamos literatura ahora es probable que en el futuro sea desmentido como arte y se estudie sólo como divertimento de la historia.

De todas maneras, es necesario que en el presente de cada temporada se reconozcan muy bien lo que hacen y no hacen sus escritores, las manías en las que se refugian, los temas que alimentan sus relatos y novelas, así como las industrias en las que se han visto patrocinados. En el reconocimiento de estas complejas tramas que hay tras toda creación artística y literaria seguramente podemos comprender mejor por qué leemos lo que leemos.

Los caminos de la literatura, de tan espesos, suelen ser oscuros. Fácilmente podría cualquiera crear su propio camino confiriendo pedestales y condenas a escritores lejanos y a generaciones sólo conocidas en el barrio. En ello no habría nada de escandaloso. Es altamente llamativo el que un escritor tan genial como Tolstói reprobara a otro no menos gigante como Shakespeare y que otro ruso indomable como Nabokov lanzara sus críticas a nuestro bien amado Miguel de Cervantes. A veces aterra que jóvenes lectores se abalancen sobre obras que, estimadas con mayor juicio, pueden ser profundamente pobres. Pero no hay nada que temer: cada cual, a fuerza de vérselas con los libros, va encontrando aquello para lo cual su entendimiento alcance. En ello no hay pecado alguno. Por supuesto, ojalá se leyera más a alguno de los cuatro autores mencionados, o por lo menos hubiera un mayor acercamiento, sin temores ni prejuicios, a Cervantes; pero, si no es así, no es ocasión de rasgarnos las vestiduras, sino de pensar qué se puede hacer para que ocurra.

Imposiciones mercantiles
Lamentablemente en muchos de nuestros colegios pasan por literatura obras que tienen como acento la superación personal. A veces se llega a tanto que se lee a Gonzalo Gallo o a Carlos Cuauhtémoc en cursos de filosofía y que de la ética aristotélica o kantiana se desconozca por completo su existencia. Cuando se leen muchos libros, cuando se investiga y se someten a ciertos juicios las obras leídas se puede llegar a decir que Amando a Pablo, odiando a Escobar sea mejor que muchas de las novelas colombianas actuales; incluso, como le escuché una vez decir a Gustavo Álvarez Gardeazábal en La Luciérnaga, se puede exaltar un título como Mi fuga hacia la libertad de John Pinchao como una conmovedora historia, una más entre las muchas que han nacido de nuestras propias tristezas. Cada generación tiene el deber de pasar a las nuevas la antorcha de lo mejor de sus propios conocimientos: en ello se ha basado nuestra idea de formación, ni siquiera de educación.

No es muy sano que en nuestra sociedad, apenas sin leernos a nosotros mismos, empuñemos la pluma para censurar lo que un nuevo escritor publica si, más allá de una expresión vehemente, no hay un suelo literario que permita que la misma crítica tenga mayor sentido.

Sin embargo, cuando las posiciones adoptadas, sea en los colegios o en las mismas universidades, pasan por la imposición mercantil, los regodeos de la fama, la ternura con la que se escribe a jóvenes necesitados de amor, la literatura salta a un segundo plano y se privilegia una posteridad pavorosamente banal. Bueno o malo, lo que leemos hoy día en nuestra movida literaria tiene mucho que ver con un canon de ideales que no sólo seduce a incautos y para el cual se han prestado cómodamente editoriales y lectores. Que se den espaldarazos a la lectura juvenil de obras que nos convencen de las bondades del éxito o nos muestren la feria de tetas y paraísos ofrecidos en negocios de polvos y rentabilidad desmedida es agrietar aún más nuestras relaciones con lo mejor que ha producido el espíritu humano.

Apuesta continua de nuestra educación debe ser que cada estudiante se anime a sumergirse en el bello océano literario para, con su propio criterio, definir aquello que seguramente dará deleite a su existencia. Desde las administraciones públicas y privadas es justo que comedidamente se repueblen los estantes de las bibliotecas a pesar del tristemente célebre ¿para qué? Y mientras las grandes editoriales nos determinan lo que deberíamos leer, casi siempre traducciones de otros cánones, es necesario que universidades y gobernaciones replanteen su labor como propagadoras de la cultura, como gestoras del libro, mientras en los periódicos los suplementos culturales toman un segundo aire que permita la expansión de las ideas críticas, de las lecturas sesudas y la aproximación boyante de las voces nuevas. Es así como se propicia el clima para que el mismo público exija la calidad de la que hoy se siente huérfano, si bien puede hasta contentarse con ello.

Que un libro que sea tomado hoy como literatura menor mañana se transforme en el motivo de las investigaciones universitarias es algo que se encuentra en el mundo de las siempre inescrupulosas posibilidades de la existencia. De hecho, ocurre todos los días cuando desde las separatas culturales, en la lectura de periodos de la historia y la literatura, se reivindican autores que en su momento fueron tal vez cruelmente juzgados.

No es muy sano que en nuestra sociedad, apenas sin leernos a nosotros mismos, empuñemos la pluma para censurar lo que un nuevo escritor publica si, más allá de una expresión vehemente, no hay un suelo literario que permita que la misma crítica tenga mayor sentido. Es por ello que muchas veces todo ha terminado en rencillas puramente personales, sólo interesantes en lo anecdóticas, en las que hasta las buenas creaciones se pierden en el agite de consignas vagas. Lo que queda por remediarse es mucho más grande: ¿cuántos libros se está publicando en Caldas anualmente?, ¿quiénes están publicando sus historias, novelas, relatos, poemas?, ¿qué libros se obsequian, se patrocinan, se regalan a los lectores de la región?, ¿cómo se promueve la lectura de los nuestros cuando no hay editoriales nuestras?; los lectores ¿qué títulos conocen de lo que se publica, qué autores de la región los llevan a buscar sus novedades?, ¿qué leen nuestros jóvenes y quiénes están editando sus voces?

Sin duda, querido lector, usted se encuentra con la misma respuesta en algunas de esas preguntas. La casualidad no es gratuita: nos estamos perdiendo un poco más de nosotros mismos y nuestras creaciones pasan por ser una aventura muy personal, si mucho: de regocijo familiar. Bastaría un poco de voluntad, no podemos pensar que la cultura es el patrocinio de Miss Tanga.



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