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viernes, 15 de octubre de 2010

El Planeta: ¿un enfermo terminal?


Es probable que ante los estudiosos y expertos en la compleja temática del Desarrollo sostenible y el Medio ambiente, lo que aquí escribo les parezca una herejía. Veo que cada vez impera una moda de múltiples discursos con un marcado tono cientificista que aboga por la urgencia de hacer algo frente al calentamiento global, el cambio climático, la pérdida de la biodiversidad; que arguye que el clima global se ve sustancialmente alterado como resultado de las concentraciones de gases invernadero; y que sumados a tales cambios, se alterarán los ecosistemas globales, a tal punto que hay quienes pronostican que habrá en consecuencia grandes desequilibrios económicos.

Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Por obvias razones, es imposible no reconocer que tales temas son en realidad trascendentales y que dichos pronósticos tienen un alto grado de certeza; sin embargo, quiero insistir en que tales discursos están repletos de lugares comunes enmarcados en discursos con un distorsionado tinte “político” (o ideológico), los mismos que terminan por oscurecer el origen del concepto del Desarrollo sostenible; y reducen, además, significativamente, la normatividad necesaria. Pienso, por el contrario, que hay otros problemas que quizás sean más acuciantes; me refiero, por citar solo algunos, a la expansión de enfermedades infecciosas tropicales, a las inundaciones de grandes zonas costeras y de ciudades, al aumento de sequías, a los fracasos en cultivos de terrenos vulnerables, a la falta de agua potable, al cada vez más difícil acceso a servicios de sanidad, a la mala nutrición y a la pobreza…, en fin. Desde cierta perspectiva, éstos pueden ser vistos como problemas más pequeños que los otros, pero ciertamente es muy n
ecio no prestarles la atención que se merecen.

Por eso quiero creer que quienes desde la academia los piensen, lo hagan en las dimensiones ética y moral del Desarrollo Sostenible, la economía ecológica y la valoración económica, énfasis que, según entiendo, son ejes de muchos de los actuales debates académicos. Tengo confianza en que los mencionados problemas se discutan sobre la relevancia del enfoque que recoge una concepción universal del Desarrollo cuya finalidad es el despliegue y potenciación de las facultades de los seres humanos. Pienso en la sostenibilidad ecológica como un principio fundamental de las generaciones actuales y futuras, en aras de que puedan tener la libertad de escoger entre distintas concepciones de la vida buena y feliz que, se supone, todos nos merecemos por el simple hecho de ser humanos, y que se valore sustancialmente la vida en todas sus manifestaciones.

Por otro lado -y aunque no me voy a meter en honduras económicas- entiendo que los economistas que buscan estudiar la naturaleza caminan por dos vertientes bien distintas: están los que abordan la naturaleza desde el instrumental analítico de la economía, que la ve en términos de precios, costos y rentabilidad; y aparecen aquellos que piensan en la economía ecológica, y lo hacen considerando los procesos económicos como factores comunes a la naturaleza, que están contemplados en la biósfera y los ecosistemas que la integran.

Como lo dije, no voy a entrar en el análisis de ambas corrientes; pero lo que sí me interesa es pensar que, sean los unos o los otros los que tengan la razón, sí creo altamente razonable que desde la academia hay que poner sobre la mesa de discusión el concepto de Desarrollo sostenible acuñado en el Informe Bruntland (1987), que lo definió como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”; y esto porque creo que aquí se consolida una visión ética y moral que son necesarias en las discusiones sobre la naturaleza, máxime porque la salud del planeta está en cuidados intensivos; es casi un enfermo terminal. Quizás todos debemos pensar con mucho juicio en lo que decía el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “la salud del mundo está hecha un asco.”

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