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viernes, 6 de agosto de 2010

Prosperidad sí, siempre y cuando entendamos que la responsabilidad es de todos


Aunque creo que puede ser altamente beneficioso que las sociedades tengan una vida más larga que la de los mismos individuos -o personas, para no molestar a algunos teóricos por ahí escondidos en sus aulas y sus textos, y a quienes les suena a comportamiento positivista esta forma de mencionarlas-, pienso que tienen razón aquellos que defienden que las sociedades también perecen y, en las más de las veces, bajo la égida de la prosperidad.


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Las sociedades, entonces, de alguna manera se convierten en las trincheras de la seguridad. Llegamos incluso a creer que son nuestra mejor arma defensiva. Si estoy con todos, es decir, si estoy con la mayoría, nada malo puede pasarme; al fin y al cabo, pienso y actúo como los demás dicen que hay que actuar y pensar. De ahí, la ferviente preocupación por obedecer lo que la mayoría ordene. En este sentido, terminamos por convertirnos en vigías permanentes de la conducta de los demás; y oteamos a los Otros sin el menor recato y respeto por lo que ellos son. Y llegamos a tal punto que siempre tenemos justificaciones para nuestros propios actos, incluso hasta para nuestros fracasos. Pero, sin son los otros los que estén dispuestos a explicar su conducta no se la aceptamos por más que lo rueguen. Lo dijo mejor Estanislao Zuleta en su Elogio de la dificultad: “… en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo (…), de manera que aún los mismos fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraci
ada coyuntura. Él es así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar ese resultado.” Los otros son neuróticos, esquizoides; nosotros no tenemos problemas psicóticos. Nos convertimos en los sabios; nosotros somos la realidad; lo demás, es imaginación, a lo sumo, pura ficción.

Por esto, no creo que los ciudadanos podamos pertenecer a una sociedad cuya premisa fundamental sea la prosperidad, si no queremos saber nada del respeto, de la solidaridad, de la hospitalidad, del reconocimiento de que lo más probable es que nosotros seamos los equivocados y sean los otros los que tengan la razón. Una sociedad así, es apenas obvio que termine por desaparecer de manera rápida, porque en ella lo que confluye es la batalla diaria por conseguir protección, seguridad y certidumbres. Que no se nos mueva el piso, porque hasta ahí llegamos.

No creo en la promesa de la prosperidad, mientras nosotros los ciudadanos, sigamos creyendo que los Otros son sinónimo de enemigos; máxime si rechaza violentamente toda forma de oposición, cualquier signo de diferencia. Cualquier duda sobre el actuar de quienes dicen ser la mayoría en una sociedad, es traición a la patria.

No creo en la promesa de la prosperidad, si los ciudadanos no aprendemos a pensar por nosotros mismos; si continuamos con la fe ciega en que el mañana será por sí solo mejor que el hoy; si nos da miedo asumir posturas críticas frente a lo que pasa y a lo que hacemos; si abandonamos el camino arduo y pedregoso y lo cambiamos por un espantoso camino pletórico de rosas y sin ningún cruce que nos obligue a pensar cuál sendero seguir.

Creería en la prosperidad el día en que se fortalezca la confianza y el compromiso político y acción colectiva de los ciudadanos de este país. Abogo porque entre todos consolidemos proyectos de vida a partir de un pensamiento transformador y de un infinito deseo por examinar constantemente el estado actual de las cosas y de nosotros mismos como sujetos.

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