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viernes, 9 de julio de 2010

El cáncer de la inmoralidad


Si yo fuera un ser fatalista, me atrevería a decir que nuestras sociedades deberían estar en coma, en cuidados intensivos, porque sufren de enfermedad terminal, pero no de cualquiera, sino de inmoralidad. Algo así como cáncer de inmoralidad. Esto lo digo porque la vida pública está plagada de escándalos de corrupción que permean una buena parte de las puertas no solo de las instituciones, sino también de los hogares colombianos.


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Por supuesto, unos pasan inadvertidos ante otros: “pasarle” dinero a un guarda de tránsito para que no haga el comparendo, podría tomarse por algunos como un acto de corrupción mínimo, frente a, por ejemplo, “comprar” una licitación para realizar una inmensa obra de ingeniería civil; robarse una botella de licor sería para otros un acto menor, que robarse el dinero de un cajero con plataforma y todo.

Es posible que un juez determine una pena inferior para el primero que para el segundo; pero lo cierto es que robar es robar y corromper es corromper; para decirlo con otras palabras, en ambos casos se le hace daño a otro, y de paso se hace daño quien lo promueve: se roba a sí mismo y se corrompe a sí mismo. En este sentido, infiero que un acto de corrupción es un cohecho; se requieren mínimo dos para materializarlo.

El asunto es delicado y grave como el más feroz cáncer que va haciendo metástasis por todo el cuerpo. Eso mismo pasa con la corrupción, va carcomiendo gradualmente los organismos vivos y las sociedades mismas. De lo que en principio se consideró como una epidemia, hoy la corrupción se convirtió en una pandemia, es decir, en una enfermedad que se extiende a todo el mundo; y, por supuesto, está en abierta contraposición con sentidos como la equidad, la inclusión y la conciencia de los intereses colectivos.

La corrupción estimula las enormes y crueles desigualdades sociales tanto en el mundo desarrollado como en el mundo pobre; ambos están separados por una sima cada vez más profunda. De hecho, sí creo que en los países denominados del primer mundo existe la conciencia de la injusticia que dicha desigualdad trae consigo; reconocen las relaciones causales entre la riqueza de unos pocos y la pobreza de unos muchos. Para comprobarlo, se sabe que se estimulan ayudas financieras y de cooperación con los países pobres. Pero esta… “generosidad” no es suficiente; y como valor agregado, hay que decir que se da porque en el mundo de quienes tienen casi todo, saben que la pobreza de los demás pone en peligro la cada vez más famosa prosperidad, su prosperidad. De ahí su preocupación y la búsqueda de “soluciones”.

Esta pandemia de la que hablo no es otra cosa que una metáfora de problemas cancerígenos como la inseguridad, el deterioro del medio ambiente, la exclusión social, el fanatismo, el maltrato infantil… Y todos estamos ahí, lindando con ellos; y persistirán si no reconocemos que este mal universal nos vincula a veces sin darnos cuenta hasta los tuétanos.

Precisamente, por eso digo que este fenómeno nos debería hacer pensar a todos con la más absoluta seriedad. Debemos pensar que la responsabilidad de acabarla no es solo de quienes gobiernan, también es de los ciudadanos como usted y como yo; de hombres y mujeres que madrugamos todos los días, preparamos el desayuno, llevamos nuestros hijos al colegio, y después nos disponemos a trabajar con la esperanza puesta en que haremos de este país un lugar mejor, más humano y más justo para todos y para todas.

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