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viernes, 11 de junio de 2010

No quiero líderes carismáticos, sino visionarios


Lo expresé en mi última columna (hace 15 días): “… nuestras democracias continúan siendo incipientes. Y lo son porque los caminos que se abren despliegan mantos de populismos…”. Hoy insisto en esta tesis, desde la óptica de lo que para mí debe ser un gobernante, es decir, un líder que pretenda subirse el 7 de agosto a la poltrona del poder.



Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Cada vez me convenzo más que proyectos colectivos eficaces han sido obra de personajes que no reflejan para nada el más mínimo carisma. Cito un caso puntual: que Europa se recuperara del desastre que provocó Hitler y de la Segunda Guerra Mundial, se le deben principalmente a Konrad Adenauer (primer canciller alemán en la posguerra), y a Harry Truman (primer Presidente de los E.U. de posguerra). Adenauer, fue capaz de restaurar a la sociedad alemana después de 12 años de sufrimiento y horror nazi. Era, como lo dicen sus biógrafos, un burócrata gris, pedante y un perfecto hombre de la organización. Pero tenía, a falta de carisma, visión, un gran sentido del deber y una voluntad de hierro para trabajar muy duro.

Truman, considerado por quienes lo conocieron como un “Presidente accidental”, que rindió al Japón y que hizo que se suscribiera el concepto de lealtad que acompañó al Macartismo, y exigió de todos los funcionarios federales una profesión de fe anticomunista, este hombre, repito, sí que no tenía ningún carisma. Pero a su favor estaba una férrea voluntad para trabajar duro, aceptar el mejor consejo de sus asesores y una profunda seriedad moral. Nada más.

¿Por qué no creo en líderes carismáticos? Sencillo: porque el carisma crea arrogancia; porque la historia no se puede desmentir, y lo que nos señala es que nuestra época (en realidad desde el siglo pasado) los líderes carismáticos han terminado por hacer mucho daño: tres ejemplos clave: Stalin, Hitler y Mao. Terminaron destruyendo todo, y finalmente se destruyeron a sí mismos (no olvidemos las “purgas” de Stalin; la “solución final ideal” de Hitler; o la “revolución cultural” de Mao).

Quienes añoran y adoran a los líderes carismáticos siempre vuelven sus ojos nostálgicos a personajes como éstos. Yo creo que lo que importa no es el carisma, sino el líder que conduzca a sus ciudadanos en una dirección acertada; y que crea en éstos, que no los abandone, que no busque unanimismos para gobernar, pero que tampoco lo haga a partir de coyunturas emocionales.

Ahora que los colombianos estamos a punto de elegir un nuevo gobernante, llamo la atención sobre esto: no pensemos quién tiene más carisma, sino quién es más visionario, quien tiene una profunda fe en la moral, en el sentido del deber responsable y en el trabajo duro. El nuevo Presidente de Colombia, debe reconocer que por delante hay inmensas tareas que tiene que hacer con los ciudadanos. Por ejemplo, urge que le dé marcha atrás -y que no acolite en ninguna parte- la carrera armamentista; en consecuencia, que nos libre de tener que pagar nuevos y mayores impuestos para la guerra; debe pensar en programas completos y ambiciosos que salven el ambiente de la creciente contaminación. El nuevo Presidente de los colombianos, tiene que comenzar a pensar, en redefinir las limitaciones y funciones de su gobierno, máxime porque no puede perder de horizonte de que ésta es una sociedad plural en todos los sentidos.

El liderazgo político contemporáneo debe pensar en establecer prioridades y consensos alrededor de los fines. No creo que necesitemos carismáticos. Requerimos de metas claras. Los colombianos necesitamos un ideal. Un horizonte. Y con este panorama me gustaría acostarme el domingo 20 de junio.

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