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martes, 2 de febrero de 2010

Abogo por el mundo libre


Si en medio de este mar de confusiones en el que navegamos (quizás debería decir, naufragamos) hiciéramos referencia al ser humano, mal ejemplo daríamos si olvidamos que éste debe ser estudiado desde muchos puntos de vista, de lo contrario las conclusiones a las que lleguemos serían bastante perjudiciales.


Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

El ser humano bien puede ser mirado como productor y consumidor; y hasta ahí, todo bien, si no cometemos la necedad de creer que el punto de vista económico es el único válido. Incluso, se lo puede tratar como pensador, como individuo que puede seleccionar cuidadosamente una forma de vivir y de habitar este mundo; o como un gran artista, amante de las bellas formas a partir de imaginaciones difíciles de concebir. Pero concentrarse exclusivamente en un solo elemento de éstos, no sólo es grosero, sino erróneo.

Y pensar en el ser humano como un todo integral, que forma parte de un infinito universo es importante si nos detenemos, en medio de este mar de confusiones, a pensar en las realidades clave que rodean a los seres humanos. No puedo dejar de pensar en dos fuerzas fundamentales que reinan en América Latina: la del mundo libre y la del totalitarismo. Reconocerlas es de vital importancia para adelantar proyectos de desarrollo social.

Esto, porque de un lado, aparecen las posibilidades que ofrece la libertad; por el otro, el control de las riendas de la sociedad por una sola mente; en el primero, se encuentran la búsqueda de consensos, debates, y la lucha continua entre el Ser y el Deber-Ser; en el segundo, la fe ciega en la ciencia y las componendas producto de una racionalidad instrumental desmedida. En el mundo libre, están las iniciativas individuales y colectivas limitadas únicamente por las posibilidades reales; en el mundo del totalitarismo impera la uniformidad del pensamiento que colinda con una organización estatal cuyos ciudadanos no son considerados como fines en sí mismos, además de que son desechados como si su valor fuera insignificante.

Un sistema totalitarista presume conocer por completo el devenir histórico; y planifica sobre esta base sin reconocimiento de ningún límite. Pero el asunto aquí está en que nadie, y ni siquiera un movimiento o partido político, puede tener la totalidad del mundo; quien lo intente sabe que sólo podrá llevar a cabo su empresa únicamente por la fuerza, haciendo uso, de todo lo que se le atraviesa, incluyendo por supuesto la mentira que se convierte en un factor clave en su mesiánico proyecto.

Frente a una fuerza titánica de estas -que cobra en algunos países de América Latina niveles altamente crueles- la pregunta obligada es ¿qué deben hacer los ciudadanos que desean un mundo libre, para no dejar que se perpetúe este reino del terror? Pues se me ocurre que estos ciudadanos que quieran estimular el mundo libre deben trabajar de manera conjunta; no olvido que quizás Nietzsche tenía razón cuando decía que “la verdad comienza con dos”. Y asimismo comienza la política.

Y la política se hace cuando los ciudadanos del mundo libre asumimos el deber de estar juntos, de protegernos; de fomentar un pensamiento que tenga como principios fundamentales la libertad y la responsabilidad en cada una de nuestras actuaciones. Y esta actitud razonable puede lograrse sólo a través de un juicio crítico que conlleve discusiones públicas en donde prime el bienestar colectivo.

Desde esta columna seguiré insistiendo en que la política se hace a partir del conocimiento; en consecuencia, seguiré apelando a la autoridad del conocimiento, el mismo que debe estar sostenido por la palabra, la que me envuelve y en la que yazgo. Ahí sitúo el mundo libre. Y por éste abogo con todos mis sentidos.

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