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viernes, 8 de enero de 2010

Antes de que el mundo nos haga clic


En la última columna expresé mi deseo de que confiaba en que la Navidad del 2009 fuera un re-Nacimiento de seres más humanos, justos e incluyentes. Ahora que ha empezado el 2010, mi confianza y mi deseo siguen siendo los mismos. Sólo que a estas alturas ya no se trata sólo de sentarnos a pensar cómo hacerlo; sino que debemos encontrar mejores y más eficientes formas de materializar lo que deseamos y soñamos. Y esto sólo lo podemos hacer nosotros; nadie más. Debemos coger las riendas de las cosas, y no seguir permitiendo que éstas tengan las riendas de la humanidad. Como me lo repetía un entrañable amigo, es necesario que le hagamos clic al mundo, antes de que el mundo nos haga clic a nosotros.



Guillermo Orlando Sierra Sierra
Rector Universidad de Manizales

Y desde mi prejuicio, sigo convencido de que una de esas maneras es a partir del pensamiento, el mismo que es constitutivo de la modernidad, y que muchos piensan está en crisis. Quizás tengan algo de razón si hacen alusión a las crisis que tienen que ver fundamentalmente con la legitimidad y la credibilidad de las representaciones colectivas que refieren los mitos de la historia, del progreso y de la unidad del sujeto como razón triunfante. En este sentido, no conviene negar que el pensamiento y la valoración de los seres ya no corresponden a los mismos de antes; por ejemplo, los jóvenes de las generaciones actuales sienten el presente como un gran peso que tienen que arrastrar y que, dicen, no es el de ellos. Su vida se mueve en lo inmediato, en el ahora, en la apariencia. Pero, también está el mundo de los adultos: muchos teníamos ideologías que de alguna manera representaban una especie de mentalidad colectiva; y que ya han caído por falta de credibilidad o, incluso, de fe. Y uno tiene la sensación de que
no aparecen ideologías nuevas que las reemplacen. No obstante, creo que no les asiste la razón en que los grandes metarrelatos se hayan acabado, sino lo que giraba en torno de ellos; me refiero a la fe ciega en las ventajas y virtudes de que la ciencia y la historia podían resolver todos los problemas.

Por eso digo que no debemos pensar que la modernidad es un proyecto fracasado; inconcluso sí, pero no acabado. Más bien, y desde una perspectiva crítica, lo que se me ocurre es preguntar si como la entendemos, la modernidad está en capacidad de aglutinar a su alrededor a los hombres y mujeres de ahora. Y ¿cuáles serían los nuevos metarrelatos que nos permitan pensar en un gran proyecto de nación que, precisamente por las diferencias y la diversidad en las que estamos envueltos, sea factible ponernos de acuerdo para lograr altos niveles de convivencia?

Por supuesto, no tengo la respuesta; tan sólo prejuicios. Pero de lo que estoy convencido (lo he dicho y seguiré insistiendo en ello) es que las sociedades actuales requieren de universidades modernas, en donde el pensamiento (sin descartar las demás lógicas que de hecho existen) les facilite a los ciudadanos infinitas posibilidades de ver y entender que el mundo lo construyen ellos; que en sus manos -y en las de nadie más- se encuentran las facultades para hacer de sí mismos seres más humanos, justos e incluyentes.

Este es mi deseo y mi esperanza: que en el 2010 seamos nosotros, juntos, quienes decidamos sobre nuestras vidas y lo que haremos con ellas. No dejemos que otros decidan por nosotros. Ya no más. Porque si no lo hacemos nosotros, entonces ¿quién? Y ojo, hay que hacerlo antes de que el mundo nos haga clic.

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